
(1927 - 2002)
Nació en Congosto, provincia de León, España, el día 16 de septiembre de 1927 en el seno de una familia de campo, austera y laboriosa, que vivía al hilo de los tiempos y las estaciones de Dios.
Surgió en su corazón la vocación sacerdotal al amparo del ejemplo y la inspiración de la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Corazón de Jesús. Culminó sus estudios teológicos con calificaciones realmente brillantes en la Universidad de Salamanca, y se ordenó de presbítero el 31 de mayo de 1952, consagrándose a la Hermandad en septiembre de ese mismo año.
Inmediatamente comenzó a ejercer sus indudables talentos educativos en el Colegio de Valencia en España, donde desarrolló sus primeros tres años de ministerio. Sucesivamente fue formador reconocido en los Seminarios mayores de Murcia y Zaragoza, y finalmente formador en el Aspirantado mayor de los Operarios en la misma Salamanca universitaria. Este detalle muestra el valor que se le tributaba a su habilidad educativa dentro de la institución de la Hermandad. Después de un breve tiempo en el Colegio Español de Roma, baluarte de la mejor educación sacerdotal de España cerca del Papa, fue enviado por sus superiores a Venezuela el año 1963. Y la generosidad y obediencia que siempre le caracterizaron, le trajeron a esta Tierra de Gracia.
Aquí fue compañero infatigable de apostolado del P. Gil en un tandem sacerdotal irrepetible, lanzándose él también al trabajo del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (MCC). Se entendían maravillosamente bien en medio de sus diferencias, colaboraban eficazmente el uno con el otro, y se complementaban de modo admirable alternando el ser padre y madre espiritual de las gentes del Movimiento según la oportunidad.
Trabajó con su mente privilegiada y su corazón -hasta el desfallecimiento y la milagrosa recuperación-, dedicando las horas de su vida, al servicio de los laicos del MCC. Se prodigó a todo lo largo y ancho del país en las actividades apostólicas del Movimiento, en cursillos, convivencias, retiros... hasta donde la alcanzasen sus fuerzas. Su dirección espiritual era iluminada y eficaz. Su palabra era convincente y poderosa. Intransigente con la mentira, incapaz de contemporizar y cohonestar con la debilidad y la pereza apostólica, el P. Castaño invitaba con su vida y con su verbo a “ir más allá”.
Escribió libros de alto contenido teológico y exquisita fidelidad al Magisterio de la Iglesia que todavía hoy nos iluminan. Sus meditaciones y artículos eran, y siguen siendo, vehículo de la gracia de Dios.
Perdió casi del todo la vista en sus últimos años, y tuvo la tenacidad espartana de no dejar su trabajo en absoluto, sobreponiéndose esforzadamente a su mal. También fue en todo momento, como el P. Gil, un “Operario incansable”.
Murió inesperadamente el 15 de julio de 2002 mientras estaba de vacaciones en España con su familia. Su sepulcro nos queda tristemente lejos. Pero descansó en Cristo de todos sus trabajos, y desde allí esperamos que vuele su alma, velando por la tierra, la Iglesia y el Movimiento que amó.



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